DIVERSIDAD, FORMALIDAD, LA OTRA FORMALIDAD, DEMOCRACIA.

Arnaldo Esté

19 de Mayo de 2004

tebas @ etheron.net

 

            En medio del acre lenguaje de calle  y de los medios de comunicación,  y  más allá del adjetivado discurso político hemos ido descubriendo nuestra diversidad. Poco a poco crece la conciencia de lo imposible de destruir al otro e incluso la necesidad de convivir con él. Las últimas semanas han sido maestras de negociación. Y aun cuando la ruta que sigue es desfiladero propicio para las emboscadas, ahí vamos: habrá reparos y referendos.

 

Esta diversidad cultural hay que comprenderla, profundizarla y aceptarla. Se habla de economía informal usando una descalificación que confiesa superficialidad y discriminación y, en el mejor de los casos, se asume la posición civilizadora de Hernando de Soto.

 En nuestra diversidad se descubren por lo menos dos países (y hay más): Un primer país de mayor occidentalización,  el del Estado y  las instituciones públicas y privadas, universidades, escuelas, clínicas, cines y salas de espectáculos, grandes industrias  y medios de comunicación y gente que en mayor o menor medida ha aprendido a navegar en ellas, descifra sus códigos, gestos y atuendos: es la Venezuela formal.

Otro país de poca o nula permanencia escolar, de colas infinitas en hospitales, de artesanos, mecánicos, herreros, plomeros, carpinteros, jardineros, albañiles, buhoneros, prometedores de futuro, curanderos y médicos de orilla, servicios domésticos, de bares y restaurantes, músicos y matatigres, artistas buscadores de hendijas, campesinos tornados en especies raras, toeros e indocumentados. Es la Venezuela  de la otra formalidad que poco a poco está generando otros referentes o valores que toman  curso como otro sistema, como otra cultura, como otro ámbito de inclusión.
            Estos dos países existen, son inevitables y no se pueden transformar desde afuera de ellos mismos, ni a la fuerza. Violentar sus propios procesos es inmoral, injusto además de ineficaz.

 

Las instituciones del primer país, mayormente las del Estado, de abolengo importado, duro e imperativo, al no ser comprendidas ni adecuadas se han hecho inerciales y escasamente operativas. Pero al ser de obligatorio uso y tránsito resultan eficientemente excluidoras. Esta tozudez de las institucionales ha generado una tercera especie que no llega a ser país: el de los “gatos” que hacen de la corrupción sus maneras. El de los conocedores de los códigos y vericuetos de los dos países, contribuyendo a estropearlos o enrevesarlos más aun y sirven de intermediarios de alto costo. Los que llevan a pensar que lo único que hace funcionar a todo el País es la corrupción, la grasa que mueve la formalidad no comprendida.

Esta situación demanda un gran trabajo político y de promoción social, asumiendo la política menos como el arte de luchar por el poder y más como el arte de crear áreas legítimas y legales de negociación donde los dos países se encuentran y hacen coincidir sus intereses y fuerzas constructivas.

La democracia y las instituciones en las que ella se verifica deben, por un lado, fortalecerse y, por el otro, abrirse y flexibilizarse para incluir a todos sin reducirlos, sin negarlos. Esta época de revisión es buena para entender que hay que reparar y someter a referendo a todo nuestro país.